Vía Crucis

14 enero 2007

 

 

 

D É C I M A  E S T A C I Ó N

 

 

 

JESÚS ES DESPOJADO DE SUS VESTIDURAS

 

 

Ya hemos llegado. Este es el Calvario. Benjamín y Cayo habían estado alguna vez aquí,  a pesar de que sus padres se lo tenían terminantemente prohibido. No es un lugar agradable. La gente lo evita. Desde hace tiempo se emplea para ejecutar a bandidos y rebeldes.

 

Enseguida los soldados se han puesto manos a la obra. Están acostumbrados. Pero para los demás es la primera vez. Han tirado a Jesús al suelo, sin miramientos. Unos soldados le dan de beber vino con hiel –para que el dolor no sea tanto y pueda aguantar hasta el final-, pero Él apenas lo prueba. No quiere ahorrarse ningún sufrimiento.

 

A Jesús nada le queda, absolutamente nada. Ahora comienzan a quitarle la ropa. Cayo y Benjamín se acercan con disimulo, porque les gustaría recogerla para dársela a su Madre. Un soldado les aparta de un manotazo. Quieren la ropa de Jesús para ellos, porque es buena, sobre todo la túnica. Esta la sortean y lo demás se lo dividen.

 

-          Esa túnica se la hizo María, les dice Juan.

 

Han dejado a Jesús casi desnudo. Miramos su Cuerpo con espanto. No hay nada sano. La gente le mira riéndose, muchos todavía le insultan. Todo lo sufre con paciencia, con obediencia a la voluntad de su Padre, con un amor tan delicado que nos pone la carne de gallina.

 

El soldado Mario se acerca a nosotros, al pequeño grupo donde estamos con María y Juan, con algunas otras mujeres, y con Benjamín y Cayo. Mario se dirige a María:

 

-          ¿Eres tu la Madre de este Hombre?

 

Por un momento María no dice nada. El dolor le impide pronunciar palabra. Mira al soldado con ternura. Mario insiste:

 

-          ¿Eres tu la Madre de Jesús de Nazaret?

-          Sí, lo soy –responde al fin María, con una voz tan dulce como la de un ángel.

-          Yo me llamo Mario y me ha tocado en suerte la túnica de tu Hijo. Aquí está, es tuya.

 

María sonríe. El corazón de los hombres se acerca a Jesús por medio de su Madre, ahora y siempre. Coge la túnica, la abraza, la besa una y mil veces...

 

-          Gracias soldado Mario. Pediré a Dios por ti.

 

Y Cayo se siente orgulloso, como romano, mientras mira  a Jesús que, en su desnudez, le parece más Rey que nunca.

 

 

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