14 enero 2007

 

 

 

NOTA

  

Cayo y Benjamín llegaron a ser ejemplares cristianos. Toda su vida la dedicaron a trabajar muy bien y a proclamar el evangelio entre sus amigos.

 

Benjamín no llegó a casarse. Por su piedad y ejemplo lo eligieron los apóstoles como sacerdote de Cristo. Estuvo en Siria mucho tiempo, desde donde marchó a Roma. Allí vio morir a Pedro, el primer Papa, crucificado cabeza abajo. Él siguió predicando la palabra de Dios entre los fieles de Roma, casi siempre en las catacumbas. Confortaba a los enfermos y celebraba la Eucaristía. Lo que más le gustaba era jugar con los niños, a los que les contaba sobre todo la historia de aquellos dos niños que siguieron a Jesús camino del Calvario. Murió mártir en el Coliseo, comido por los leones, mientras cantaba un cántico de alabanza a Dios.

 

Cayo dejó pronto Jerusalén, justo a los tres años de la muerte de Jesús. Estudió mucho. A los 18 años entró al servicio de Roma en sus legiones. Estuvo en la Galia y en Britania. Se casó con Pía, y tuvo dos hijos y una hija. Benjamín era el mayor, Cayo el segundo y la pequeña se llamó María. Era muy conocido, los soldados le querían. Todos sabían que era cristiano, pues pese al riesgo no lo ocultaba. Su fama como valiente oficial llegó a los oídos del mismo emperador, que lo nombró general. En una ocasión, al regresar a Roma, la envidia logró que  algunos lo denunciaron como cristiano. Fue fiel a Jesús hasta el último momento. Murió decapitado.

 

Benjamín y Cayo no volvieron a verse después de despedirse en Jerusalén, a los trece años, donde prometieron rezar el uno por el otro siempre. Benjamín supo, eso sí, de las grandes hazañas guerreras de su amigo. Se sentía orgulloso de él.

 

Los dos sabían que les unía le fe en Jesús. Nunca dos amigos  se quisieron tanto. Y los dos dieron su vida por aquel Hombre que les miró en el palacio de Pilato.

 

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ORACIÓN

  

Jesús, después de haber recorrido Tu Pasión y Muerte, te pido que aprenda de Ti, que esté siempre pendiente de los demás. Que en mi conducta y en cada uno de mis gestos los demás Te vean a Ti, no a mí. Ayúdame a compartir, a ser obediente, a ser piadoso, a ser limpio, a ser estudioso, para que así no haya en mi familia malas caras, enfados y egoísmos.

 

Jesús, Tu que eres el Hijo de Dios, ayúdame a ser buen hijo. Tu que has dado la vida por mí, ayúdame a sacrificarme por mis padres, por mis hermanos, por mis amigos. Después de verte sufrir tanto no deseo ya nada para mí. Que mi felicidad sea verles felices a ellos. Y a Ti.

 

Jesús, tómame en Tus manos. No me dejes, ten misericordia de mis pecados. Quiero estar siempre Contigo, jugar Contigo, estudiar Contigo. Todo esto Te lo pido por medio de nuestra Madre la Virgen, de San José y de mi ángel.

 

Así sea.

 

 

 

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